Pegado al escenario, El Abrazo es un carrete entre desconocidos que, obligados por el estrecho espacio, compartimos hombro con hombro, como viejos amigos, entre poleras deCalamaro y camisetas de Rosario Central e Independiente, alternadas por Juanitoscaracterizados de Julio Martínez o Scorpion, una que otra bandera de Bolivia y lienzos deCerati. Mientras esquivamos dos grúas de cámaras a las que más tarde Charly saludará (“puta televisión”) y Beto Cuevas no parará de entregarles poses, cien metros más atrás (¡!) está la primera fila de la cancha general, con miles de asistentes mucho más apiñados y con la vista obligada a las pantallas que suplen la impresentable distancia con los dos escenarios principales, torre de iluminación mediante.
Marchar por Santiago en repudio a HidroAysén un viernes 13. Sentirse útil, aunque sea en miniatura. O hasta que la tregua de las fuezas especiales y la Intendencia lo permitan.
Era viernes bien entrada la tarde y ya estábamos amontonados al norte del Parque Bustamante. Hacía sol, pero ni tanto: un sol de invierno desinflándose. Llenábamos la cuadra completa fácil.
El piquete desordenado se movía entre los márgenes de ese bandejón casi siempre vacío entre el edificio de la Telefónica y plaza Baquedano. Y había llegado el momento: cuando el metro escupe más y más muchedumbre a cada minuto, el batiburrillo apiñado comenzó la caminata, con Santiago ya ensombrecido de fondo, como un embalse agrietado escupiendo gente hacia el poniente.